
miércoles, 18 de agosto de 2010
Del testamento al autosabotaje

viernes, 13 de agosto de 2010
La biblioteca o el jardín 1


En noviembre de 2009 viajé a Buenos Aires rastreando las lecturas de Macedonio Fernández. Me sumergí en su archivo de manuscritos infinitos y en los restos de su biblioteca personal, y exploré también las estanterías de la biblioteca borgeana. Entre otras cosas, estos sitios me sugirieron lo siguiente:
En la historia del archivo de Macedonio hay una relación inversamente proporcional entre sus dos componentes: manuscritos propios y libros ajenos; mientras los primeros crecían en número, los segundos iban disminuyendo o dispersándose. Dejo el relato de esa dispersión para otro momento. Lo anterior no quiere decir, por supuesto, que Macedonio dejara de leer sino que el atesoramiento de libros no le interesó. A diferencia de Borges, no manifestó pasión de coleccionista. La desproporción entre las bibliotecas que Macedonio y Borges dejaron tras su muerte –la pequeñez de la del maestro, escuálida frente al portento de la del discípulo– tiene que ver, entre otras cosas, con el modo en que resolvieron (tanto en sus vidas como en sus textos y en la imagen de sí mismos que proyectaron) lo que podríamos llamar el conflicto entre la biblioteca y el jardín; la pugna entre los libros y la vida, entre lectura y experiencia.
“Todo esto forma parte de una tradición literaria: cómo salir de la biblioteca, cómo pasar a la vida, cómo entrar en acción, cómo ir a la experiencia, cómo salir del mundo libresco...” –dice Piglia en El último lector. Otras veces, el problema es entrar o permanecer en la biblioteca. Macedonio y Borges fundieron en su obra esta encrucijada personal con otros tópicos (las armas y las letras, civilización y barbarie) y la moldearon con visiones ya clasicistas, ya románticas, de sus figuras de autor. Poco a poco, recorreré algunas huellas de este dilema en su escritura.
“Quiero escribir, pero todo me rebasa. No soy escritor pero debo ser algo. Le dije a un amigo: ‘quiero ser lector’” –me dijo un extemporáneo. “¿Para qué leemos?” –pregunta otro extemporáneo, en un post anterior. No lo sé, pero quizá la experiencia de la batalla silenciosa, a veces desgarrante, entre la biblioteca y el jardín sea uno de los síntomas que hermanan a los lectores.
lunes, 28 de junio de 2010
Leonid Tsypkin
lunes, 1 de marzo de 2010
Bicentenario—del matrimonio entre Napoleón y María Luisa

miércoles, 17 de febrero de 2010
Lo bueno y lo malo
"Lo bueno es que escribir no sirve para nada de lo que uno quiere. Escribir es un límite, un dolor, un defecto más. Lo bueno es que después de hacerlo te sientes pésimo. Nada ha cambiado, todo sigue en su sitio. Lo bueno es que escribes y sigues soñando con la mujer del vecino, sueñas que la tienes agarrada por las orejas hundiéndole los pelos. Lo malo es que escribir no cura tus deseos asesinos, que asaltar un supermercado sigue siendo tu objetivo imposible. Lo malo es que aún deseas un amor inolvidable. Lo bueno es que escribir es otra forma de cagar y masturbarte" (Efraim Medina Reyes, Érase una vez el amor pero tuve que matarlo (Música de Sex Pistols y Nirvana, p. 87))
"Se escribe a despecho de la innecesidad de esa misma escritura. Karl Kraus se preguntaba por qué escribe un hombre, encontrando una respuesta ingeniosa, y, desde la perspectiva que deseamos adoptar, absolutamente rigurosa con una realidad sicológica que relaciona la escritura con la tentación de construir existencia (o prolongar karma): el hombre escribe porque no posee carácter suficiente como para no escribir" (Fernando R. de la Flor, Biblioclasmo. Una historia perversa de la literatura, p. 183)
La única manera eficaz de dinamitar la propia lectura es el cotejo a discreción. La puesta en abismo de una poética sucia de la escritura, la novela, con un engranaje crítico cuyo tema es el espacio negativo de la misma, el bilbioclasmo.
Leer se convierte a un tiempo en subversión y en sinsentido. La insensatez del otro mundo que recoge y burlonamente acoge ambas opiniones tópicas según las cuales o lees para reconocerte o lees para evadirte. La recreación, dentro de esta dicotomía, se considera una triviliadad apenas.
No es nada nuevo, pero cada vez más el espacio típico de reflexión literaria aparece en la ficción, a veces maquillado y a veces sin afeite alguno. Los que nos honran con sus letras se preguntan -no más seguido, pero sí más explícitamente- sobre las razones que los llevan a escribir, y entre tópico y lugar común algunas buenas respuestas aparecen. Pero algunos olvidan la más sencilla y menos retórica de todas las réplicas, escriben para que alguien los lea, aunque ese lector insospechado sean ellos mismos antes de cometer la metáfora de romper la página.
Lo otro es más importante -o no- pero menos popular aún, ¿para qué leemos?
sábado, 16 de enero de 2010
Haz y envés de una verdad
viernes, 3 de julio de 2009
Sobre literaturas póstumas

"Sólo un escritor generoso como Julio Cortázar puede volver desde una dimensión fantástica a regalar una joya póstuma a sus lectores en todo el mundo" (Susana Reinoso, "Papeles inesperados: el último legado de Julio Cortázar", lanacion.com , Actualidad, 1/07/09).
Digresión primera
No, nadie los esperaba porque nadie los quería, y ya suficiente lleva Cortázar con haber dejado vivos estos papeles como para echarle la culpa de este timo editorial. ¿Para que querría alguien este libro? ¿Para leer las entrevistas que el argentino se hizo a sí mismo? (como si no hubiera you tube); ¿para leer los capítulos que no entraron en el Libro de Manuel (como si alguien lo hubiera leído); ¿para profundizar en su vena poética? (porque, como todos sabemos, no hay mejor Cortázar que Julio Denis).
Digresión segunda
Cortázar no ha regresado y no va a regresar porque sus buenos lectores ya se fueron. Los otros están a la altura del catálogo Alfaguara y ahora mismo estarán saboreando páginas y páginas de regurgitaciones. Da igual, ya todo da igual. El libro no nació viejo, sino muerto, condenado a habitar la estantería de villamelones que, en el mejor de los casos, se aburrirán en la página treinta y tres.
Epitafio segundo
miércoles, 20 de mayo de 2009
Noticia: Nuevo Escritor Mexicano (y también Dios)

Es fama que Botitas, ya entonces aceptado Dios Romano, enfrentó el mar a fuerza de espadazos, y que ordenó a su ejército levantar conchas de la playa como prueba irrefutable de victoria. Pero qué era el mar entonces y qué es ahora aquello, tan mentado en este blog, supuestamente oculto bajo el nombre literatura mexicana. Una gran masa que amedrenta a los cobardes e inspira respeto a los idiotas y encono a los locos, una gran masa compuesta de nulidades, un montón de nadas. Poeta es quien, al no saber hacer nada, señala el mar y dice que algo hay ahí misterioso, pues sabe que de misterios estamos hambrientos. Un fraude completo, pero un fraude penoso si él mismo se cree su fantasía, lo que sucede muy a menudo.
¿Conoce alguien expresión más estúpida que "poeta de profesión"?
En fin. El mar ahora se hincha con el deshielo como la literatura mexicana con los premios y las becas y los homenajes y las grandes ediciones. Pero por más que se hinchen y se hinchen, siguen siendo nada. Muchos más son quienes viven indiferentes ante la idea del mar o que la consideran sólo para ausentarse de lo que es la vida real, de vacaciones. Benditos. Son ellos--no necesariamente cobardes ni idiotas ni locos, aunque pueden también serlo--los felices. Ignoremos, pues, en la segunda acepción, la literatura mexicana, que no es más que un montón ruidoso de nulidades. Que sea ese desdén nuestra lectura. (Porque es la lectura lo que interesa acá, no la escritura.) Que sea la victoria de Calígula, fábula mejor que cualquiera escrita al amparo de un pasaporte mexicano y sus derechos, una advertencia del absurdo que es atender la pobreza literaria en México. Y reconozcamos además que hay peces en el mar con algún valor, no por criterios de calidad, pues la calidad literaria es una trampa para tontos, sino por la misma razón que nos insta a inventar un sentido, a cual más absurdo, para el mar: curiosidad, morbo, miedo. Distracción, pues: de eso se trata todo.
La otra gran lección del Gran Rey Dios Romano Botitas, Escritor Mexicano, es que uno se distrae mejor fornicando a diestra y siniestra, por eso no hay escritoras--las que hay son lesbianas (o sea más bien frígidas) o feas: las mujeres no necesitan parecer inteligentes para conseguir con quién revolcarse.
jueves, 14 de mayo de 2009
Del formidable trago de veneno
Salgamos a la vida, a trabajar y a ganar experiencias y emociones. Quedémonos en casa, a leer, a escribir. Seamos prácticos, útiles para el mundo; seamos orgullosos críticos desde nuestros pedestales de papel y tinta. Seamos los héroes de carne que se amarran piedras a la espalda para abrir puertas. Castiguemos al mundo con el abandono de nuestra altura moral e intelectual. Llamemos mezquino al viejo usurero Arthur Rimbaud; genio al niño poeta--o al revés. O interesémonos más bien por el goleador del momento y por sus costosos adornos femeninos; recriminémosle su hospitalización postrera, hinchado de alcohol y de heroína y de cierta tristeza. Hagamos héroes y luego otros más. Distingámonos del vulgo, procuremos ser originales--la más vulgar entre las ambiciones. Escribamos versos incomprensibles para nuestra vanidad y para provocar el halago temeroso de los intelectuales, o escribamos recibos y pagarés. Fumemos, bebamos licores fuertes como metal fundido, o bebamos sólo agua y café descafeinado, quince francos al mes, todo está muy caro. Tomemos partido frente a esta división del mundo que, de cualquier forma, también está errada, y es falaz y es perezosa. Luego escondámonos, cada quien en su refugio, a practicar la única actividad sincera que hasta ahora habremos concebido: nuestro modo personal de onanismo acobardado. Miremos la flor nueva, la sonrisa del niño, la figura de dragón que el azar ha dictado a cierta nube, y aceptemos la alegría; luego mirémonos por detrás, como el que se miró escribiendo, y abandonémonos ante la tristeza de tal, nuestra alegría. Todo es lo mismo. Ni el error es tan terrible, ni el acierto satisface.
Ya se ha dicho que hablar es tener demasiadas consideraciones con los demás.
miércoles, 15 de abril de 2009
Homenajes
En México basta leer el suplemento cultural de cualquier periódico para ser culto. Esa pretensión, de acuerdo con las estadísticas, aquí no es descabellada, y basta con tales ímpetus para considerarse un lector y despachar de botepronto a Thomas Mann, por ejemplo. (Me sé de memoria La Montaña Mágica sin haberla leído, le escuché a un intelectual mexicano un día, de verdad sin querer; un tipo premiado y multicitado, no dudo reencontrar luego la frase, proferida ahora por un listillo admirador de nuestros jóvenes ensayistas.) Si en lugar de refinarse cualquiera de aquellas golosinas semanales en los periódicos uno llega a leer incluso un libro, algún juarista le cuelga a uno el título de licenciado en letras, lo que sea que eso signifique. Y entonces empieza la carrera: tiene uno permiso—una licencia—para exhibir públicamente el complejo de inferioridad con la más vulgar de las respuestas: la exacerbación del ego. Mastica uno el idioma, lee y relee los manifiestos de moda y los adopta al pie de la letra. Y escribe. Escribir es lo más fácil del mundo, todo mundo lo hace, es incluso más fácil que leer, y más prestigioso. Es por eso que se publica tanta mierda (empezando por este blog), pero no nos escandalicemos: nadie la lee. Y cuando uno al fin ha escrito un libro, algún ex hacendado cristero le cuelga a uno el título de doctor, doctor en letras—o en lo que sea, hay muchos abogados e historiadores también, hasta creo que se ve mejor—, y quizá le da algo de dinero, algún premio local, alguna beca en el extranjero. Y así estamos todos contentos, porque el sistema funciona y porque el intelectual se conforma con muy poco—sabe en el fondo que ya es bastante sacar algo de comer de su basura. Y así pasa uno los años diciendo idioteces hasta que llega la vejez y uno reclama la gloria. En México se hace carrera literaria en pos de la gloria. Vienen entonces los homenajes, como ahora uno que le hacen a José Emilio. Por qué se homenajea: porque un político se está promoviendo o porque un grupo de jóvenes ambiciosos y espantados esperan que en su vejez los halaguen de igual modo o porque una universidad tiene algo de presupuesto sobrante. O todo eso a una. Pero me inquieta más saber por qué alguien recibe un homenaje; ¿es que realmente lo cree necesario, justo, pertinente? El escritor que recibe homenajes es un hijo de puta o a veces sólo un ignorante. O todo eso a una. Luego de que José Emilio escribió y publicó un cuento y una novela decentes, nos fastidia aquella buena impresión (que el sin fin de pésima ficción y aun peor poesía—o supuesta—no había arruinado del todo) dejándose hacer felaciones públicas. (Y qué hay de mí: ya leí alguito, escribo en este blog, dónde está pues mi título, mi homenaje.) Pero esto quizá no se ve sólo en México, sino en todos lados. Yo prefiero no saber, porque me pondría triste uno o dos minutos.
martes, 31 de marzo de 2009
Del tal Vila-Matas (o Leyendo a Aristóteles entre links)
jueves, 26 de marzo de 2009
El lado oscuro
(nota de Érika P. Buzio, Reforma, Cultura, 26 de marzo de 2009)
Tras la noticia de esta nueva novela , ¡Aleluya!, procede el seguimiento periodístico de tal acontecimiento. El artículo inmediatamente anterior (porque la publicidad es una cosa diaria y sincera) comienza así: "Tras la intervención militar de Estados Unidos en Iraq, Laila busca entre los muertos a quienes ama, en medio de una devastación civil que sólo pudo ser provocada por la indiferencia de los ejércitos infieles" y continúa
"De ese paisaje desolador surge El jardín devastado, novela de corto aliento con la cual Jorge Volpi ensaya un estilo radicalmente distinto a su Trilogía del Siglo 20, conformada por En busca de Klingsor (1999), El fin de la locura (2003) y No será la tierra (2006)" ("Narra Volpi desolación iraquí", nota de Óscar Cid de León, Reforma, sección cultural, 6 de noviembre de 2008).
Que el lado oscuro de JV es de corto aliento lo sabemos desde hace diecisiete años cuando dio a las prensas su A pesar del oscuro silencio. A pesar, sí, tituló nuestro Anakin nacional lo que hoy reaparece como motivo estructural de su narrativa. Pero hay más. Dos declaraciones relativamente recientes. La primera, una paráfrasis de su conferencia en la preclara Facultad de Derecho de la UNAM. Dice la nota:
"Fue un acierto estudiar derecho y luego tener cercanía con el poder —por ejemplo como colaborador de procuradores— porque esas experiencias le permitieron tocar directamente la realidad y no quedarse con la perspectiva <
La segunda, un artículo para El cultural (30/01/2009):
"Era 1990 y, luego de mi primer verano en Europa, regresé a mi torturante experiencia como estudiante de Derecho de la Universidad Nacional de México. Aunque desde los dieciséis años había tomado la insensata decisión de dedicarme a la literatura, había sucumbido a la presión, más de los amigos que de la familia, de dedicarme a una profesión normal que me permitiese financiar mi pasión literaria".
La insensatez, por lo demás, trasciende (o justifica o fundamenta o todas juntamente) cualquier contradicción espuria. Pero, aceptémoslo, aunque aquí nos guste barrer para adentro también otorgamos honor a quien honor merece. Así, para limpiar un poco tanta (auto)difamación, nos sumamos firmemente al comienzo de esta última novela:
"Odio ser humano. Huyo entre las sábanas y, apenas parpadeo —el espejismo de la noche—, reencuentro mi estirpe carroñera. Mi consuelo es no haberme jamás reproducido, o así lo espero."

lunes, 23 de marzo de 2009
Paréntesis Luso

“(Los pájaros cuando mueren—explicó el padre—flotan panza arriba en el viento)”, escribió un buen día de mil novecientos ochenta y uno António Lobo Antunes en su novela A explicação dos pássaros. Un paréntesis que, luego de las últimas declaraciones del viejo, se me ocurre central.
Hay muertes y hay muertes, pero no hay vidas eternas. La muerte física de Lobo Antunes puede ser todavía lejana; la literaria—también inevitable—incluso más, mucho más lejana. Su prosa le ha asegurado un vuelo de cadáver alado que, al sobrepasarnos a todos, se nos antoja eterno. Pero esas muertes, esos vuelos que en paréntesis lusitano explicó el padre, imposibles entre los hombres vivos, no son siempre pulcros. Ahora Lobo Antunes anuncia su silencio con que nos castiga. No sospechaba el mundo editorial, dice, cuando publicó su primer libro, y al decirlo pretende tomar distancia de tal mundo tras habitarlo durante treinta años. Se quiere inocente, y yo me pregunto qué dijo Gombrowicz ya al respecto. Ahora resulta que el viejo está fastidiado del medio, de las publicaciones, de los premios, del—son sus palabras—engranaje editorial y de agentes. Y Enrique Vila-Matas corona la decisión del viejo con un breve homenaje, Una aventura realmente siniestra, donde escribe que “…Lobo Antunes me recordó el día en que Bufalino, tras haber publicado varios libros después de Perorata, decidió regresar al silencio y habló del paisanaje cargante que había visto circular por la pista de su aventura siniestra. "No quiero seguir entre esos miserables, esa gente es terrible", afirmó…” Legítima, la reacción de Bufalino, luego del primer premio. Pero yo he perdido la cuenta de los premios de Lobo Antunes, y me ronda por la cabeza que en la misma tercera novela del prosista lusitano más cabrón desde Pessoa, A explicação dos pássaros, también se lee: “Escribir es una idiotez, ¿entiendes?, cuando no se gana el Nobel: deja la carrera”; versión del influyentísimo en nuestra lengua—lo es por sus traducciones de António—Mario Merlino.
Hay silencios y hay silencios, pero no hay silencios publicitados. Deja la carrera, dice el personaje de António, y António la deja con bombo y platillo, luego de treinta años, sin despejo, ejecutando la parte del ritual que le corresponde en el engranaje editorial. Yo no sabía, nos dice, ay. Y Vila-Matas lo secunda. La dignidad que António quiere para sí con estas declaraciones hubiera sido suya si algún otro buen día, como Rulfo, burlándose de las explicaciones, simplemente hubiera dejado de escribir.
domingo, 22 de marzo de 2009
La envenenada

"En uno de los barrios de los suburbios de una gran ciudad, uno de los literatos no tenía asunto", escribe Felisberto al inicio de "La envenenada". Lo que a partir de allí sigue es una larga pesquisa sobre la invención. La búsqueda estética -cuando la hay- que fundamenta los procesos de producción y reproducción artística (escritor y lector, en este caso) se rige bajo las mismas reglas. Partimos de esta falsa premisa para llegar a una menos apócrifa: aun aunque los criterios de búsqueda sean los mismos, la interpretación que se deriva de la lectura tiende a variar consistentemente de la interpretación o planeación de la escritura. Esta aparente ruptura entre autro y lector es intranscendente en la medida en que ambos deben convertirse en modelos para posibilitar el tránsito entre la creación y la recreación. Lo que importa, en todo caso, son las herramientas que posibilitan la existencia de ambos polos. Palabrerías más, palabrerías menos, se habla aquí de la tradición literaria, ese concepto que posibilita el diálogo entre uno y otro extremos.
Felisberto lo sabía al escribir esta narración cuyo género es el del anticlímax. Tópico primero: el escritor debe observar la realidad que lo circunda para después transformala y representarla. Tópico segundo: debido a esa capacidad, la labor del escritor es fundamentalmente pedagógica puesto que muestra cosas que los simples mortales no son capacer de ver. Tópico tercero y, por fortuna, último: el escritor es un ser especial. Frente a esto, parecería decir el escritor del cuento y su autor, mejor no escribir. Contra estos lugares comunes la propuesta queda clara: la mentira como género literario.
¿Podría acaso suceder a la inversa del cuento de uruguayo? "En uno de los barrios de los suburbios de una gran ciudad, uno de los lectores no tenía asunto". De la misma manera que el escritor, parricida por vocación, asesina a sus padres para hacerce de un oscuro lugar en el ágora, el lector debería reclamar para sí una tradición que lo definiera como reproductor y recreador. Afirmar, por ejemplo, que el único integrante real del boom, su creador y sepulturero, es William Faulkner, o que la paradoja de Zenón (para demostrar que lo hasta aquí dicho ha sido dicho ya) suena a Kafka. Si hay un lector, éste ha de ir en busca de la envenenada, a deslumbrarse frente al macabro acontecimiento de una muerta en el río y a volver luego a casa luego, con ganas de olvidarlo todo.
Además, la esposa de Felisberto era una espía rusa.
domingo, 8 de marzo de 2009
Imagen del mal
La malignidad de los viejos tiene para el resto del mundo cierta comicidad, igual que un lapsus verbal o un anacronismo, piensa el policía Morvan durante
Cuando Morvan piensa en el resto del mundo, por lo visto, se permite ser generoso o amable u optimista o acaso sólo ingenuo.
Un ejemplo de lectura caníbal de la tradición, propuesta a lo largo de este blog—con tres contraejemplos de excesos niños.
domingo, 26 de octubre de 2008
Examen de conciencia

Famoso, el encuentro de Borges viejo con el otro Borges, el joven. Muy comentado. Qué tal el de Witold Gombrowicz viejo con el otro, joven. Bastante menos, menos comentado y por lo tanto menos famoso. Por qué; porque es menos literario acaso; quiero decir, menos grave, menos reflexivo, parece más bien desparpajo a vuelapluma. Pero todavía no miremos—ya sé que casi nadie lo ha mirado, por lo demás—mejor atendamos una angustia que se encuentra al inicio del Diario Argentino: “incluso el espacio se me ha vuelto prisión y camino por la playa como alguien que se encuentra entre la espada y la pared. Con la conciencia de que ya devine. Ya soy. Witold Gombrowicz, estas dos palabras que llevaba sobre mí, ya realizadas. Soy. Soy en exceso. Y aunque podría acometer todavía algo que me resultara imprevisible a mí mismo, ya no tengo deseos. Nada puedo querer por el hecho de ser en exceso. En medio de esta indefinición, versatilidad, fluidez, bajo un cielo inasible soy, ya hecho terminado, definido. Soy y soy tanto que ese ser me expulsa del marco de la naturaleza”. El patetismo con que Gombrowicz se lamenta de su definición contrasta con la violencia con que él se sorprendía por los eventos más nimios, según consta en su diario, y con la facilidad suya tanto para la duda como para el desdén ante una posible verdad. Si ésta existe, al polaco no importa, y cuando su ánimo flaquea y la verdad llega a importarle, lo hace como si mirara un arma cargada y metida en su boca. La verdad, que algunos quieren con mayúscula, es lo que habría que temer, dice Gombrowicz. Semilla de la angustia: la verdad, cuando se ve cerca; cuando no, asunto ajeno, merecedor de ningún interés. Si esto aplica (todo siguiendo a Gombrowicz) para la individualidad, qué decir de la verdad, la definición de un espíritu colectivo, de una nación, de una literatura. Cuando Piglia señaló a Gombrowicz como el mejor novelista argentino, seguía al polaco en este punto: “el argentino auténtico nacerá cuando se olvide de que es argentino y sobre todo de que quiere ser argentino; la literatura argentina nacerá cuando los escritores se olviden de Argentina, de América; se van a separar de Europa cuando Europa deje de serles problema, cuando la pierdan de vista. La fabricación de la historia es en toda América del Sur una empresa que consume cantidades colosales de tiempo y de esfuerzo. Si el individuo está por decir Yo, entonces ese Nosotros turbio, abstracto y arbitrario, le quita lo concreto, o sea la sangre, destruye lo directo.” Por supuesto, Rulfo no parece haberse planteado escribir literatura mexicana, ni Gombrowicz polaca, ni Bolaño chilena; en esto los escritores que muestran sus manos sucias, plenas de vísceras, demuestran mayor autenticidad que muchos de los más grandes—o a veces sólo más célebres—hispanoamericanos, que también son en exceso, como Reyes, Asturias, Carpentier. A veces incluso Borges. Quizá también por esto el encuentro de Gombrowicz en altamar con su otro yo, casi treinta años más joven, es elocuente de un modo tan distinto al encuentro de Borges consigo mismo: “sí, sabía que tenía que encontrarme con aquel Gombrowicz rumbo a América, yo, Gombrowicz, el que partía ahora de América. Cuánta curiosidad me consumía en aquel entonces, ¡monstruosa!, respecto a mi destino; sentía entonces mi destino como si estuviera en un cuarto oscuro, donde no se tiene idea de con que va uno a romperse la nariz. ¡Qué hubiera dado por un mínimo rayito de luz que iluminara los contornos del futuro! Y heme aquí acercándome a aquel Gombrowicz, como solución y explicación, yo soy la respuesta.
“¿Pero seré una respuesta a la altura de la tarea? ¿Seré capaz de decirle algo al otro cuando el barco emerja de la brumosa extensión de las aguas con su chimenea amarilla y potente, o tendré que permanecer callado? Sería lastimoso. Y si aquel me pregunta con curiosidad:
“—¿Con qué regresas? ¿Quién eres ahora?—yo le responderé con un gesto de perplejidad y las manos vacías, con un encogimiento de hombros, quizás con algo parecido a un bostezo:
“—¡Aaay, no lo sé, déjame en paz!”.
lunes, 9 de junio de 2008
Viaje a las estrellas
El amplio espectro de posibilidades que ofrece la relación viaje-escritura forma parte de cualquier catálogo de lugares comunes, tópicos y frases hechas que todo escritor debe consultar de vez en vez para decir cosas inteligentes durante las entrevistas. Célebre es la mención de Piglia sobre que el viaje y el crimen son los dos grandes temas de toda ficción, frase parecida a la de Borges, al respecto de la triada de unidades significativas que englobaban toda la literatura: el viaje, el sacrificio y no recuerdo cuál otra más (si a alguien le interesa está su conferencia “La metáfora”, en Arte poética).
Oficio de lector es el ocio, sable de doble filo. Presa del lado traicionero de tal arma abrí y leí, sorprendido, El naranjo. A lo largo de los cinco textos Fuentes deja en claro varias ideas, a saber: 1) él es mexicano, 2) su mexicanidad (lo que sea que eso signifique) lo obnubila y lo exhorta a escribir sobre ella, 3) la mejor (y más rápida, supongo) manera de hacerlo es echando mano de ese subgénero inexplicable llamado nueva narrativa histórica. Publicado en 1994, el libro se convierte en uno más de los desperdicios que provocó el festejo de los quinientos años del descubrimiento del Nuevo Mundo (no entremos en detalles epistemológicos al respecto).
En mi parcialidad algo digno de reflexión encuentro en las páginas de tal alarde nacionalista-azteca-mexicano: las firmas de cada cuento. Al final de cada uno, Fuentes viajero-escritor se asegura de alertar al lector sobre las fechas y los lugares de composición:
“Los hijos del conquistador”, El Escorial, julio de 1992.
“Las dos Numancias”, Valdemorillo-Formentor, verano de 1992.
“Apolo y las putas”, Acapulco-Londres, mayo 1991-septiembre 1992.
“Las dos Américas”, Londres, 11 de noviembre de 1992.

miércoles, 21 de mayo de 2008
S.Nob
sábado, 26 de abril de 2008
Cielo de Egipto con brumas de Londres
José Martí, en “El carácter de la Revista Venezolana”: “ni debe poner mano en una época quien no la conozca como a cosa propia, ni conociéndola de esta manera es dable esquivar el encanto y unidad artística que lleva a decir las cosas en el que fue su natural lenguaje. Éste es el color, y el ambiente, y la gracia, y la riqueza de estilo. No se ha de pintar cielo de Egipto con brumas de Londres; ni el verdor juvenil de nuestros valles con aquel verde pálido de arcadia, o verde lúgubre de Erin” (el subrayado es extemporáneo).
Martí no explicó por qué. ¿No sería, eso que él niega, lo más interesante?
Incluso, ¿lo apenas posible?
martes, 22 de abril de 2008
Que (la) Paz sea contigo
sábado, 22 de diciembre de 2007
Se busca una mujer

miércoles, 12 de diciembre de 2007
Caza menor
jueves, 6 de diciembre de 2007
(Re) flexiones sobre una comparación
Lo que sigue: ¿puede existir una tradición extra-literaria? Me refiero a toda una conjunción de circunstancias, actitudes, opiniones que también, ignoro si para bien o para mal, forman parte del ambiente literario. ¿Podemos hablar de la marginalidad literaria como tradición? Porque si en efecto podemos, agrupar, de principio, a Roberto Arlt, Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti (por ejemplo) no suena tan desvariado. De principio, repito, porque quedarse allí, con la etiqueta de marginales sería absurdo. Otro ejemplo: Contemporáneos y Estridentistas. Como podemos leer, no hay la divergencia que quizá uno esperaría entre la narrativa de ambos “movimientos”. Tengo la duda de si en la obra poética sucedería lo mismo, no lo creo, pero será un buen ejercicio de cualquier semana entrante. Pensar en los Estidentistas, para mí, es pensar en unas pocas líneas que acaban siempre con el “¡Viva el Mole de Guajolote!”:
“Excito a todos los poetas, pintores y escultores jóvenes de México, a los que aun no han sido maleados por el oro prebendario de los sinecurismos gobiernistas, a los que aun no se han corrompido con los mezquinos elogios de la crítica oficial y con los aplausos de un público soez y concupiscente, a todos los que no han ido a lamer los platos en los festines culinarios de Enrique Gonzalez Martínez, para hacer arte con el estilicidio de sus menstruaciones intelectuales...”
¿Cuál de los Contemporáneos hubiera ya no escrito, pero siquiera firmado esto? Pienso también en el Café de Nadie, en la xalapeña Estridentópolis. Pienso en actitud, pues. Al pensar en Villaurrutia o Gorostiza u Owen pienso en figuras retóricas, en sapiencia, en alta poesía. Hablo únicamente de mi malformación como lector que, por fortuna, ni siquiera roza el famoso “cualquier parecido con la realidad...”. Pienso en margen contra centro, pero, de nuevo, hablo de algo más que de lecturas. Habrá ya estudios que demuestre, seguro, que fueron los Contemporáneos mucho más vanguardistas que los Estridentistas, literariamente; habrá los que no. En lo que seguimos platicando al respecto, me pondré a releer poesía. Como sea, todavía no hay quien apague el sol a sombrerazos.
lunes, 26 de noviembre de 2007
Fernández
Corresponde, entonces, una recreación, siempre provisional, del canon. Podría ensayarse una con base en cierta idea de Edmundo O´Gorman: debemos averiguar si el ideal femenino de una época guarda relaciones estrechas, como parece, con el ideal que esa época se forma de la verdad. Eso dice, más o menos. Quien entienda que el “debemos averiguar” de la frase se refiere a los varones y que “lo femenino” significa “las mujeres” ya puede abandonar este blog que pide lectura atenta. Ya se dijo por ahí que Sor Juana, para empezar y debido a su condición de “moderna” (qué abuso de las comillas), podría ayudarnos a esta reconsideración. Aun sin contribuir al modelo de la narrativa, la monja lo hace en favor de una conciencia mexicana y, sobre todo –esto es lo suyo imprescindible–, a una conciencia de la escritura. Ya luego se llegará a esto, pero no por ahora, qué hueva. Algo más a propósito de la monja: las implicaciones de su condición femenina. Sor Juana padeció esta relación, o más bien tensión, entre el modelo de lo femenino y el de la verdad. Podría entonces la monja ser, para nuestra pereza, heroína del feminismo moderno, pero es sin duda héroe de la poesía universal. Mucho tiempo después, ambos cánones (lo femenino, la verdad) sufrieron modificaciones que aún nos definen. Ambos fueron para la primera mitad del siglo veinte bicéfalos, esto es: de una riqueza dual, basada en la oposición franca, simétrica, falsa. Dama de corazones (para atender el comentario de Gonzalo al post anterior) como respuesta del ideal lopezvelardeano (Ramón confiesa su imposibilidad de entender cosa alguna si no es mediante la mujer), es buen ejemplo de esta carencia. Téngase en cuenta que, como respuesta tal, no es la única de los Contemporáneos: podría tomarse cualquiera de las novelas líricas del grupo. Esas mujeres son un calco de la de Ramón, que apuntaba a una multiplicidad, más que dualidad, más rica, más sugerente, más verídica, que el jerezano no podría desarrollar debido a su muerte temprana. Al mismo tiempo, en Argentina, la mujer era una sombra: sostén de la vida (y aun su metáfora cabal) y ausencia fatal: la no-mujer, ida pero omnisciente, Elena Bellamuerte, la mujer de Macedonio Fernández. No creo exagerar cuando afirmo que el rumbo de las multiplicidades femeninas (pero también en negativo: qué complicado es el ideal femenino de Felisberto Hernández) en Las Hortensias se debe, como se me ocurre que intuyó Cortázar, a esa asimilación de la no-mujer macedoniana. Curiosa la relación histórica de los apellidos, que acusa a Felisberto y a Efrén descendientes de Macedonio. Mujer múltiple, mujer multitudinaria, mujer objeto, pero también objeto femenino (de esta inversión el poeta jerezano no se sorprendería), culpa y gozo; ya en la mitad del veinte el ideal femenino parece más equívoco en el cono sur que en México. Y por tanto, la verdad. Entre paréntesis hay que decir que lo femenino, a Borges, le es ajeno. Pero hay una mujer sugerente en México que prefiero destacar, atendiendo ahora el comentario al post previo de nuestro impuesto Departamento Editorial; dice Efrén Hernández: “Tu cuerpo que no añade peso al mundo”, pero este no-cuerpo, que nos recuerda a Elena de Obieta, es ya una figura divina, a diferencia de Elena de Obieta: el poema citado es “Imagen de María”. En una de sus últimas entrevistas, Salvador Elizondo dijo estar descubriendo a Efrén Hernández. El Cristo-hembra de Farabeuf parece enriquecido, sin embargo, por esta fidelísima (pero medio maldita por su acusada falsedad) advocación de María:otro que una forma
de grito, un hondo grito
de las entrañas huérfanas del hombre;
no pido que me mires
–ya sé que tú no miras–,
no pido que me oigas
–ya sé que tú no oyes–, enloquéceme,
hazme creer el encanto, solamente
hazme creer el encanto de que existes,
ciega mi entendimiento;
la luz, la necesito
más en el corazón.
