miércoles, 12 de diciembre de 2007

Caza menor

La escritura como síntoma, pero activo, de la relación entre creación y sociedad. Esto parece ya una clase de algo, o peor: de algo útil. La sociedad y sus intereses se alejan de los míos; diré modestamente que me rebasan. Margen contra centro, lo marginal en el centro. El problema aquí es que se piensa de más. Me quedo en cambio con la última promesa del post pasado: en la poesía habrá más de una directriz para la charla. Al azar, como siempre, tomo algo del librero, y al azar lo abro: “Para unos el vino es el camino del regreso al Gran Todo, al cosmos; para otros, es el rostro de una muchacha; y para otros, la claridad vacía de la beatitud”. Sí, bueno, Paz también piensa demasiado. Me da la impresión de que se embriagaba menos de lo que presumía, menos de lo que en el fondo quería. Pero ya sabemos (en descargo del viejo) que el vino sí ofrece revelaciones, y que éstas, para no soltar a O´Gorman, pueden manifestarse con rostro de mujer. Recordemos que la verdad perseguida aquí (no otra es la acción: se trata de una cacería) es la literaria, y más: la narrativa mexicana de nuestros tiempos (o sea toda). Ya vimos un par de casos previos al estado presente de nuestra literatura. Menos lúgubre quizá que Elena de Obieta (aunque ya cierto unicornio nos ha mostrado que esa ausencia es presencia múltiple: todas las mujeres en una ida, qué desolación romántica, qué belleza), pero más atroz; ya no un cadáver hermoso forrado de encajes y terciopelos, pálido, sino uno de puta abandonado en la carretera, podrido, verde, violado es el que nos pertenece. Abro otro libro al azar, dice: “También la pobre puta sueña” (are you talking to me?). “Pero escuchen esto, / autores, / bardos suicidas / del diecinueve atroz, / del veinte y de sus asesinos: / sólo sabe soñar / al tiempo mismo / de corromperse. // Ésa es la clave. / Ésa es la lección. / He ahí el camino para todos: / soñar y corromperse a una”. ¿Habremos valorado ya el carácter definitorio de estas palabras sobre nuestra época? Ya en narrativa, Gonzalo Martré ha resumido esta cuestión brutalmente (pero cuál cuestión) con “La señora de la calle Poe”. La técnica del cuento eficaz, del cuento perfecto aludido en el título, se aprovecha y revoluciona, con tan pocas fanfarrias (Martré no tiene el halo de escritor iluminado que algunos farsantes ganaron en rifas; se me ocurre ahora el niño Bellatin por ejemplo) como poca reverencia ante la llamada buena escritura. Una de las últimas confesiones del narrador en el texto de Martré nos señala la vergüenza en nuestra búsqueda (búsqueda de la mujer, de la verdad, de la narración): “no pude menos que compadecerlo infinitamente, porque el amor de su vida, ¡siempre había sido una cerda!”; esta frase literal, tras decenas de páginas, emuladoras casi del cuento ordinario sobre amor maduro, nos muestra lo que de Marco Terencio, devorado por su cerda, compartimos todos. Mas faltaba aún un elemento de la degradación: la caza de puerco salvaje es todavía cacería mayor. Marco Terencio se entregó felizmente a las fauces de su amada. Cazador nato, parodia de don Juan, se volvió presa. Ahora ya ni eso: la mujer puerca, la perra, la zorra perseguida se convirtió, desde 2666 (es un decir), en el cadáver cotidiano y omnipresente, ligeramente incómodo, que se debe a todos pero que nadie entierra. Ya ni siquiera hay caza menor, apenas degradación pasiva (¿la sociedad y sus intereses, al cabo?). Tal nuestra figura femenina, tal nuestra verdad, tal nuestra narración. El Cristo Hembra se impone ante La Enfermera (La Perra, directamente, en El hipogeo secreto); por eso el público ha querido ver en ésta una conversión voluntaria hacia aquélla.

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