domingo, 22 de marzo de 2009

La envenenada



"En uno de los barrios de los suburbios de una gran ciudad, uno de los literatos no tenía asunto", escribe Felisberto al inicio de "La envenenada". Lo que a partir de allí sigue es una larga pesquisa sobre la invención. La búsqueda estética -cuando la hay- que fundamenta los procesos de producción y reproducción artística (escritor y lector, en este caso) se rige bajo las mismas reglas. Partimos de esta falsa premisa para llegar a una menos apócrifa: aun aunque los criterios de búsqueda sean los mismos, la interpretación que se deriva de la lectura tiende a variar consistentemente de la interpretación o planeación de la escritura. Esta aparente ruptura entre autro y lector es intranscendente en la medida en que ambos deben convertirse en modelos para posibilitar el tránsito entre la creación y la recreación. Lo que importa, en todo caso, son las herramientas que posibilitan la existencia de ambos polos. Palabrerías más, palabrerías menos, se habla aquí de la tradición literaria, ese concepto que posibilita el diálogo entre uno y otro extremos.

Felisberto lo sabía al escribir esta narración cuyo género es el del anticlímax. Tópico primero: el escritor debe observar la realidad que lo circunda para después transformala y representarla. Tópico segundo: debido a esa capacidad, la labor del escritor es fundamentalmente pedagógica puesto que muestra cosas que los simples mortales no son capacer de ver. Tópico tercero y, por fortuna, último: el escritor es un ser especial. Frente a esto, parecería decir el escritor del cuento y su autor, mejor no escribir. Contra estos lugares comunes la propuesta queda clara: la mentira como género literario.

¿Podría acaso suceder a la inversa del cuento de uruguayo? "En uno de los barrios de los suburbios de una gran ciudad, uno de los lectores no tenía asunto". De la misma manera que el escritor, parricida por vocación, asesina a sus padres para hacerce de un oscuro lugar en el ágora, el lector debería reclamar para sí una tradición que lo definiera como reproductor y recreador. Afirmar, por ejemplo, que el único integrante real del boom, su creador y sepulturero, es William Faulkner, o que la paradoja de Zenón (para demostrar que lo hasta aquí dicho ha sido dicho ya) suena a Kafka. Si hay un lector, éste ha de ir en busca de la envenenada, a deslumbrarse frente al macabro acontecimiento de una muerta en el río y a volver luego a casa luego, con ganas de olvidarlo todo.

Además, la esposa de Felisberto era una espía rusa.

1 comentario:

Sergio Alejandro Aguillón-Mata dijo...

el olvido voluntario y todo lo demás con lo que llenamos ese hueco, todas esas mentiras, pueden ser los puntos de partida de un nuevo inicio. ¿en este blog? ¿fuera de él, en la literatura? ¡en la vida!

non-entity!